lunes, 26 de noviembre de 2012

LA GOBERNADORA

Escultura en Piedra La Pareja

“¿Qué es lo que quieres?” Resuelto, mirándola, sin dudar, respondí: “Estar contigo”. Pero por más que espere expectante que pasaran los días y las semanas no la ví ni tuve noticias de ella. Hasta que una reunión providencial nos junto en casa de un amigo. Cuando, al salir, partía corrí hacia ella y apenas atiné a decirle: “Vamos”. Sonrió y me siguió. Solo dijo: ·Eres un loco”. Rodamos durante unos minutos hasta un hostal. Todo pasó tan rápido que me parecía increíble tenerla, entre cuatro paredes delante de mí,  lista  para ser descubierta al desamparo de una blusa negra desabotonada y el solitario botón del jean invitándome al desalojo.

Serena y segura, sin ningún ápice de temor, volvió a sonreír. Era evidente lo habitual que eran en ella aquellos interregnos al margen de las cópulas conyugales. “Si es lindo. Y además, aclaro, algo muy normal y natural”. Cómo contradecirla. Sus ojos radiantes, su nariz pequeña y sus labios carnosos contrastaban con la redondez de sus glúteos y la enormidad de sus muslos.

Un día al salir de la gobernación la ví luciendo un jean ajustado. Al verla padecí de solo mirarla. Entonces me propuse asediarla. Ahora que la tenía, literalmente, en mis manos me acorde de aquel día y le pedí inclinarse sobre la cama. Lentamente deslice el jean hasta ver solo un calzón amarillo cubriendo la majestuosidad de un culo en verdad soberano. No me equivoqué: fue tan excitante mirarla como entrar en ella.

La conocí en una tienda de artesanías. Luego supe que preguntó por mí a la dueña de la tienda (con quien, dicho sea de paso, conviví por cinco años). De manera que luego de los cinco años decidí encontrar la manera de llamar su atención. Con todo, pasaron otros cinco años más sin que nada nos acercara. Nada, hasta que un día al cruzar una esquina en Huaura escuche su voz y la ví venir hacía mí.

Y puesto que los aparatitos para hablar lo son también para escribir comencé por decirle: “Soledad es el más bello nombre del silencio”. Era solo una frase pero aun así ella la consideró digna de un premio. Superando mis más optimistas expectativas entonces casi de inmediato, en el siguiente encuentro, me llamó amor y junto sus labios  con los míos. Por eso mismo, a partir de ese día,  cuando cada domingo la veía luciendo el fajín bicolor al lado del trinchudo alcalde mi excitación crecía incontenible al verla tan cerca y tan lejana. Todos, o casi todos, la miraban; pero en verdad, ella solo tenía ojos para mí. Y eso me producía un orgasmo antes del mismo, e inminente, orgasmo.

No me equivoqué: el día que nuestros cuerpos se juntaron  más que complacido me fui perturbado por la certeza de haber ignorado que placer tan supremo como ella me había procurado, aunque circunstancial y pasajero, existía aunque jamás -salvo por ella- lo encontraría.

  

viernes, 11 de mayo de 2012

PRIMER AMOR


Niña de Cajatambo
(Oleo de Felipe Coronado J.)

Aún cuando jamás olvidé su existencia. La realidad maravillosa de su presencia. Nunca pude saber quién fue aquella niña dueña de mi memoria. Me resigné a vivir con su recuerdo, que era también su olvido. Sin embargo, de manera incidental, en una conversación descubrí de quien se trata. De manera que hoy nos une el secreto. Y por tratarse de la flor de mis secretos, solo diré que, a diferencia de mi mismo y de tantos cajatambinos, que no pueden vivir sin Cajatambo ni tampoco en Cajatambo, ella decidió ser madre y esposa, allí en donde nacimos y descubrimos -con nuestras propias manos y con nuestros cuerpos- cuanto de espiritual tiene el amor.


No sé como llegó. Ni quién es treinta años después.
Solo sé que teníamos seis o siete años
e íbamos a la misma escuela.
Recuerdo que fue al atardecer. (Yo jugaba en la carretera
cerca a la huerta de la abuela).
También me son ajenas las cosas que dijimos al vernos.
Lo cierto es que algo ocurrió a través de las palabras.
La vi de pronto franquear el zaguán.
Cruzar el patio y desaparecer tras el cuarto de calamina.
Bajo la sombra cómplice de las cuatro paredes
la puerta hizo tanto ruido que, a su modo, creo,
celebro aquel ansioso descubrimiento.
Apenas unos retazos de luz  invadían
nuestra menuda privacidad.
Entonces no nos dábamos cuenta
de la atroz soledad que rodean los actos del amor.
Solo sabíamos que estábamos solos y que eso bastaba.
Quién sabe si ladraría algún perro a lo lejos.
O acaso el trote apurado de algún caballo con su jinete
nos pusiera algo nerviosos.
No lo sé.
Yo solo veo juntarse -igual que estas palabras- 
su cuerpo tierno bajo mi cuerpo pequeño.
Así fue, o así me parece que fue.
(Tanto no puedo equivocarme).

A los pocos días, muy a mi pesar, 
me vi con espanto 
abandonar la tierra en donde nací.
Una nueva escuela y una ciudad distinta me esperaban.
Pasaron los años
y en las calles por donde anduve de niño
soy casi un extraño.

Un extraño que extraña
su sombra amada en la oscuridad del tiempo



MARÍA TIENDE LA ROPA



-Pásame mi corbata-me dijo
En aquel tiempo las muchachas llevaban unas corbatitas azules que hacían juego con la falda de sus uniformes.”Esta en la repisa. Al lado de mi cama”. Fui corriendo. Empujé la puerta de la sala, me detuve un rato para ver mejor antes de ir hacia la izquierda. Separé la cortina y busqué la repisa, pero mi mirada se detuvo en los pliegues de la cama a medio arreglar. Mi prima tenía quince años y yo solo hace algunos días había dormido en esa misma cama. Me empiné y estiré el brazo; allí estaba esa prenda visible que a diario adornaba su cuerpo. Mis pequeñas manos temblorosas la cogieron. Entonces, precipitado por un repentino y recóndito sopor, corrí el cierre mi pantalón y pensé en ella. No por mucho tiempo. Sus gritos me sacaron otra vez corriendo.
Le entregué la corbata y ella lo hundió en el lavatorio espumoso. “Era lo único que me faltaba. Casi me olvido”
-Ah- fue todo lo que supe decir.
Era noviembre y a pesar de las primeras nubes soleaba con fuerza. Ella me miró, al ver que no paraba de mirarla.
-Esta bonito tu sombrero
-¿Te gusta? Mi mamá me lo trajo.
Termino de enjuagar y sus manos enrojecieron aun más. Se puso de pié, alzó el lavatorio y me ordenó seguirla trayendo el banquito. El cordel estaba alto (para que los perros ni los burros ensucien la ropa). Se paró sobre el banquito y su cuerpo se hizo más visible aun. Yo seguí mirándola mientras ella reía preguntándome:”¿Pesa? Te has puesto rojo”Una a una fue sacando sus prendas, estirándolas con cuidado, hasta que por último la aparición de un calzón amarillo terminó por dejarme mas colorado y mudo que nunca.
Éramos vecinos. La ventana de su cocina daba hacia el patio de mi casa. Todos los días oía sus voces y ellos las nuestras. Mi abuelo era tío de su padre y le ayudó a construir esa casa. Eran tres hermanos. María era la mayor. Desde que aprendí a caminar, mis primeras incursiones en la vida fueron rumbo al patio de esa casa donde su padre reproducía la vida de mi abuelo.
Nuestras casas tenían techos de calaminas y acogedores balcones donde nos deteníamos a jugar cuando llovía. Pero su padre ni mi abuelo tuvieron balcones.

jueves, 2 de febrero de 2012

LA HOYADA



Al verme, no le importó nada: ni que estuviera casada, ni que aquel 30 de octubre de 2011 estuviera rodeada de conocidos. Se aferró a mi mano y besó mis labios. Las presentaciones de los grupos de danzas y la venta de comidas habían terminado, solo persistía, entre raudales de cervezas, el ritmo sombrío de unos huaynos desafinados languideciendo en la mortecina claridad de un campo rodeado de oscuridad.


Luego de unos brindis ineludibles, opté por pasar desapercibido y me alejé del grupo, mientras ella bailaba y bebía. Hubiera preferido tenerla a mi lado, pero era prudente guardar distancia. Por eso, no la perdí de vista. Aun así, en un momento la perdí y comprobé cuanto me importaba. De pronto, la vi venir: “Podrás decirme que soy una primitiva, no sé, pero creo que no lo voy a hacer hasta que no vivamos”. No le respondí nada, solo le pregunté si iba volver o quería que nos fuéramos. “Un rato más”, dijo, y me pidió que la esperara.
Al ver que tardaba, me acerqué. Cuando volví, vi que la embriaguez la vencía. Entonces la abrace y comenzamos a alejarnos. Conforme avanzaba el cuerpo se le rendía. A poco empezó a vomitar. “Chucra, amor, resiste, tu puedes”, le dije para darle ánimos. Casi a rastras atravesamos el gramado hasta alcanzar la puerta.

En una motocar llegamos a Huaura. Fue en vano, estaba tan inerme que el cuartelero del hotel se negó a recibirnos. “No aceptamos personas mareadas, hemos tenido problemas”, fue la explicación.

Ira, angustia, vergüenza. Todos esos sentimientos competían en mí mientras buscaba con urgencia un taxi. Apareció un muchacho conduciendo un tico. Fue nuestra salvación. De todos modos, deambulamos sin resultado. Hasta que, por fin, entre arcada y arcada, reaccionó para decirme: “Papi, vámonos a la casa”.

Al llegar, apenas la recliné sobre la cama se sumergió en un sueño profundo, no sin antes decir que era horrible lo que sentía. A pesar de sus vómitos -me sorprendió no tener reparos- la volví a abrazar y la besé.

Pues, aunque ebria por completo, seguía siendo la mujer que amaba y que me amaba. Entonces, con la certeza de ser guardián y destinatario de su reposo, premunido de un sentimiento hecho más de veneración que de deseo, retire de sus pies sus zapatos y jalé el jean elástico que enflaquecía aun más sus magras extremidades. Sin embargo, al verla desnuda, la vi hermosa. Mucho más al constatar que ni el hombre con el que había compartido veinte y dos años, con sus días y sus noches, y hasta el ginecólogo que la viera, podría tener el secreto privilegio que, aquella imprevista circunstancia, me ofrendaba.

La mire, la bese. La adoré. Entonces sucedió lo increíble, al sentir mis caricias, acaso por una disposición inconsciente, fruto de sus años maritales, flexionó sus rodillas para recibirme con el gozo más intenso y hermoso que jamás experimente. Entré en ella, y considerando que su cuerpo contradecía sus palabras, la penetré una y otra vez.


Cinco días después. Cinco de ser hollada al salir de La Hoyada -a pesar que el marido había logrado, a duras penas, una prorroga más en su maltrecho matrimonio- sus palabras me procuraron un placer, no por melancólico, menos memorable: “Te llamo para decirte que te amo y que me siento feliz de haber amanecido en tus brazos”.

DUELO DE ALTURA


A lomo de un recio rucio, de vez en cuando -después que llegaron los terrucos- la veíamos aparecer enfundada siempre en apretadísimos pantalones de colores claros. Morena y bajita, le sobraba en ondulaciones lo que le faltaba en estatura. Con todo, mi recuerdo solo se limita a desearla.

En todo caso, mi recuerdo consiste en recordar las palabras de quien -no siendo su marido- tuvo el privilegio que nunca alcancé. “No puedes quejarte. No solo has ganado por cuidar al ganado, sino también por cuidar a la dueña”. Enrojeció y su risa se congeló, en una mezcla de júbilo y de espanto. Desarmado, puesto en evidencia, Arnaucho, habló, por fin; mientras el “Expreso Ambar” daba saltos.

“Un día fuimos a la punta a ver las reses. Después de juntarlos, chacchamos, comimos naranjas y después el fiambre. Estábamos solos y hacía meses que El Loco no volvía. `Está rica tu comida` le dije por ver. `Eso que no has probado lo mejor`, me contesto ella. Entonces hicimos una apuesta para ver quien recogía más leña. Si yo perdía, perdería mi paga de un mes. Ella se fue con su manta, yo con mi soguita. A la hora, exacto, me presenté con mi carga; ella, en cambio, ni aparecía. Al rato asomó, cansada y con muy poca leña. `Te gane`, le dije. `Si, me has ganado. Ahora ven por tu premio`. Lo que ella no sabía era que desde hacia un mes tenia en una cueva la leña guardada.”

“EU CHI QUERO, EU CHI AMO”



He olvidado los pormenores del viaje, no su final. Pues, a diferencia de otras veces -luego de recorrer 14 km y descender 1500 m- precedidos por dos burros y un par de carneros, a pesar de la oscuridad, entramos al pueblo al compas melodioso de una banda de viento. Era día de fiesta.



No obstante, agotada por las horas de viaje mi madre prefirió dormir de inmediato. Pensé hacer lo mismo. Pero a pesar de la molestia en la rodilla, pudo más la curiosidad.


Contra mis intenciones, regresé de madrugada. Volví eufórico, diciendo a mi madre que me había curado bailando con una chica. “Cuento para no dormir”, dijo ella. Pero en cierto modo, así fue; cuando la vi parada en el centro de la plaza, chatita y modosita, la mire con atención, y cuando la banda se alejó de la plaza, la seguí con inexorable tentación.


Cinco días después, no habiendo manera de olvidarla, la busqué. Entonces descubrí que también ella me estaba esperando. Por eso, nunca olvidaré la noche inolvidable (inolvidable no tanto por tratarse del día de mi cumpleaños) si en cambio por lo que me dijo al despertar, luego de sonreír y juntar sus labios a los míos: “Y, ¿te gustó tu regalo?”

UNA FLOR PARA MARGARITA


“Y yo me la llevé al río, / pensando que era mozuela, / pero tenía marido”. La esperé con una flor en la mano. Al verme, ruboroso y florido, me beso enternecida. Sin embargo, no la lleve al río sino a Huaral. Durante el viaje nos besamos con desesperación. Al llegar, en busca de un lugar propicio para nuestra hambre de amor, vino a su memoria el recuerdo de un lugar al que había llegado siendo escolar: la casona de la hacienda Huando.


Con una botella de vino y muchas ganas de amarnos recalamos entonces sobre un tronco, rodeado de coposos árboles. Allí bebimos y allí nos besamos, durante horas. Fascinado de verla, y tenerla, me veo hacer algo que nunca hice ni volveré a hacer: antes de cada brindis acerco la copa hasta topar la tela que vela su deseado surquito para enseguida beber.

Al terminar el vino, abandonamos nuestro bosque de besos y nos fuimos, como no podía ser de otra manera, en busca de un lugar propicio para seguir besándonos; pero esta vez, con el cuerpo entero. Con todo, a decir verdad, nos urgía no menos que el deseo el sueño. Por eso mismo, acaso, al despertar nada pudo conmocionarme tanto como verla junto a mí, dormida y desnuda; y más allá, ausente de su cuerpo e inservible para las circunstancias, un arrugado y pequeño calzoncito celeste.

Disfruté de aquel sosiego contemplativo tanto como del denuedo previo que lo produjo. Por eso, antes de partir -para no irnos del todo- colocamos la rosa sobre la mesa. Y así nos fuimos: sin rosa ni olvido.